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¿Cuál es mi tipo de piel?

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El primer paso para conocer el tratamiento perfecto

 La piel es el órgano más grande del ser humano y está formada por varias capas llamadas epidermis, dermis e hipodermis. Estas tres capas tienen una determinada estructura por la que confieren las funciones de proteger el organismo frente a las agresiones externas, regular la temperatura corporal, evitar la entrada de sustancias nocivas, transmitir sensaciones, entre otras.  Por su constitución, la piel es capaz de regenerarse y renovarse por sí misma, pero la exposición constante a condiciones ambientales poco favorables y las agresiones externas e internas del propio cuerpo hacen que  dicha estructura pueda verse desestabilizada afectando directamente a su funcionalidad y una consecuente distorsión en su aspecto.

Además, la piel está recubierta de una película llamada manto hidrolipídico o emulsión epicutánea que la protege lubricándola y contribuyendo a mantener su función barrera. Se trata de una emulsión a base de agua, la cual procede del ambiente y de las glándulas sudoríparas, y lípidos procedentes de la secreción de las glándulas sebáceas y de la capa córnea.

La piel normal es aquella que presenta una buena estructura, lisa, elástica y flexible, sin fisuras y una descamación imperceptible. A simple vista presenta un brillo moderado, un aspecto fresco y luminoso, de color uniforme y poros imperceptibles a simple vista. Tolera bien los productos de limpieza, resistente a los factores ambientales y no se descama, broncea bien y reacciona fácilmente al pinzar la piel.

La piel seca se caracteriza por una apariencia mate y sin brillo, con tendencia a la descamación y poros cerrados, con poca tendencia a presentar comedones. Suele ser fina, de tacto áspero y se arruga con facilidad. No tolera bien a los jabones ni detergentes, resiste mal los factores climáticos y presenta dificultad para broncearse. Presenta sensación de tirantez y de fácil irritación. La piel seca puede ser alípica, por la falta de aceite en la emulsión epicutánea debido a la disminución en volumen de las glándulas sebáceas o sudoríparas, o bien deshidratada, por falta de agua en el estrato córneo.

La piel grasa puede estar dividida en tres grupos: piel grasa seborreica, piel grasa deshidratada y piel grasa asfíctica. En general, la piel grasa se caracteriza por una mayor producción de las glándulas sebáceas, aunque cada tipo presenta unas características particulares.

En la piel grasa seborreica las secreciones de las glándulas sebáceas y sudoríparas son abundantes, por lo que la producción de sebo es importante y excesivo. Presenta un aspecto brillante, sin descamación  con poros abiertos y visibles, espinillas. Es untuosa al tacto, tolera bien los jabones, broncea bien y rápidamente y resiste bien los factores climáticos.

La piel grasa deshidratada es aquella que durante la secreción sebácea se produce menor cantidad de lípidos hidrófilos, por lo que existe menor agua retenida y se evapora más fácilmente. Tiene aspecto graso pero no brillante y con tendencia a la descamación. Los poros abiertos y espinillas aparecen en la zona más central del rostro y es de tacto áspero.No tolera bien los jabones, broncea bien pero con manchas y resiste mal los factores climáticos los cuales agravan la descamación y producen rojeces.

Por lo que afecta a la piel grasa asfíctia, es la que ha sido sometida a productos cosméticos no adecuados, demasiado astringentes. Éstos han hecho que el poro se cierre y que la grasa producida de forma natural no fluya de la forma que debería, afectando la estructura interna de la propia piel, formando comedones y pequeños quistes sebáceos.  A nivel visual es brillante en las zonas seborreicas y mate en el resto. Presenta descamaciones por zonas y poros cerrados con pequeños quistes. Es untuosa de forma heterogénea dependiendo de la zona, no tolera bien los jabones y broncea con manchas. Su resistencia a los factores climáticos puede ser variable.

Por último y afectando a todos los tipos de pieles, secas y grasas, está la piel sensible. Este tipo de piel reacciona fácilmente frente los estímulos externos, con un umbral de tolerancia menor que la piel normal. Se puede detectar si presenta los siguientes síntomas: rojeces, escozor, sensación de tirantez y calor. Suele padecer ciertas patologías como dermatitis atópica en el caso de las pieles secas y acné en las grasas. Esto es debido a la pérdida de la función barrera consecuencia de varios factores en los cambios estructurales y de composición de la propia piel.

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